Morir: el deseo natural que negamos

La mayoría morimos vulnerables e inconscientes igual que nacemos, sin capacidad para discernir lo que es mejor o peor, y sin saber qué hacer. Sin haber descubierto quienes somos, y muchas veces incluso, sin habernos dado tiempo en tantos años a decidir estar vivos más allá del hecho de estarlo porque respiramos y nuestro corazón se mueve. Nos morimos sin saber dónde estamos ni por qué. Sin descubrir que la muerte es sencillamente eso que nos está sucediendo desde hace tiempo.

Sin pedirte permiso, me apropié de una parte de ti para ser tu conciencia y, acertadamente o no, me atreví a decidir por ti. Ojalá hubiéramos podido hablarlo, pero no dio tiempo y aunque lo hubiera habido, lo cierto es que hace ya muchos años que tu mente no funcionaba bajo lo que entendemos como normalidad.

Sin embargo, en el último año si percibí en ti un deseo de terminar con tu vida. Vi una claridad contundente que no quise escuchar. Era un deseo inconsciente pero sabio. Tenías la certeza de no querer abandonar tus costumbres ni tu casa y, de algún modo, cuando te diste cuenta que eso ya no podía ser, tu naturaleza, aparentemente fuera de toda lógica, se abandonó a un instinto más íntimo e intenso, difícil de comprender desde fuera, pero genuino y auténtico desde dentro: el de dejarte morir para no vivir de otro modo. No querías vivir de forma distinta al universo que te habías fabricado, de otro modo que no fuera el de tu santa voluntad.

En contra de la opinión de todos los que decíamos cuidarte, tú tenías muy claro que antes de renunciar a tu manera de vivir, era mejor morir. No lo decías con palabras, las palabras sobran cuando se trata de decisiones importantes porque asustan y parecen locas. No sirven cuando lo que queremos decir se sale de lo establecido, por eso entonces habla nuestra conducta, y la tuya gritaba a voces: quiero irme.

Lo que sucede es que no nos dejan seguir ese instinto. No nos permiten morir de cualquier modo, abandonándonos y dejando de comer. Tenemos que morir bien, atendidos y cuidados. Guiados y conducidos, obedientes y sumisos para que los demás se queden tranquilos.

Yo te cuidé, pero ahora te confieso que mientras lo hacía, sentí en lo más hondo de mi corazón que te estaba traicionando. Yo me preocupé de ti porque no fui capaz de no hacerlo, y porque necesitaba acallar mi propia conciencia. Por eso no te dejé morir de cualquier manera, por eso no escuché tu necesidad. No atendí ese deseo tuyo que aunque pareciera iba más allá de la propia supervivencia, precisamente era eso. Tu deseo inconsciente de morir era puro instinto de supervivencia. Mientras creías temer la muerte, tu sabiduría iba más lejos, indicándote el camino para despedirte de la vida. Pero yo no te dejé, y lo siento, ojalá hubiera sido más valiente como para dejarte seguir tu suerte y tu instinto.

Quizás por eso ahora, cuando te he visto en el final, me he sentido culpable y he querido asegurarme que nada ni nadie iba a prolongar tu agonía un solo minuto más. De ahí mi empeño en acompañarte al verte más indefensa que nunca. Alguien tenía que hacerlo, igual que alguien pudo hacerlo antes dejando de ayudarte cuando no querías ayuda alguna. Pero me creí con más razón que tú y más sentido común. Y ahora pienso que realmente fui osada y entrometida. Mi propio miedo me llevó a no respetar tu decisión callada. Perdóname.

Gracias por darme una segunda oportunidad y permitirme estar a tu lado en el final. Me quedo con el calor y la fuerza de tus manos, y espero que tú también sintieras las mías. Me quedo con el ritmo de tu respiración y el silencio de después. Con tu paz y la mía.

Ojalá algún día alguien escuche mi deseo de morir aunque sea silencioso como lo fue el tuyo. Gracias de corazón por descubrirme que todos sabemos cuándo queremos morir. Gracias por enseñarme que todos llevamos dentro el coraje suficiente para no prolongar nuestra vida más allá de ese deseo oculto que la naturaleza nos revela cuando nos llega el final.

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