La vida que me recorre

Yo no soy la dueña de la vida que me recorre, igual que ser madre no me hace dueña de mis hijos. ¿Quién soy yo para pensar que esta vida no merece la pena ser vivida?.

Digo que esta vida no me gusta confundiéndola con lo que torpemente hago con ella. Por no tener trabajo, digo que mi vida no merece la pena. Por perder un ser querido, me cuento que no quiero vivir. Como si esta vida fuera eso, lo que me sucede y lo que vivo. Pero no, la vida no es mía, solo toma forma en mí, lo mismo que el agua se amolda al recipiente que la contiene.

Hechizo, privilegio. Encanto, aliento, entusiasmo. Sospecha y duda. Conciencia y coraje, todo esto es la vida. El universo se expresa dándomelo todo, y me permite hacer, sentir y respirar. Pero a pesar de ser así, la vida no me pertenece, y algo que no es mío no tiene sentido decir que no lo quiero. Cuando la vida me atraviesa, aunque yo no sepa qué hacer con ella, se abre camino y continúo existiendo.

Me alimenta para convertirme en experiencia como la tierra nutre al árbol. Me regala un tiempo y una historia que yo, ignorante, creo que me pertenecen.

Olvidarse de que la vida te recorre es renunciar a formar parte de lo que eres, de lo que te palpita dentro. El regocijo inesperado, las mariposas en el estómago, la alegría desbordada de un encuentro, la comprensión sin explicaciones, el calor del otro, la plenitud fugaz, el dejar de hacerte preguntas, la ilusión sin motivo, el deseo a borbotones… todo esto es la vida.

Cuando no pones resistencia a lo que te toca vivir, cuando estás dónde estás sin querer estar en otro lado, entonces la vida te recorre, pero si le das la espalda ella se vuelve tozuda.

A veces me olvido y me pierdo la vida, me traiciono y la traiciono, pero otras veces recuerdo que no tengo nada mejor que hacer que vivir porque quiera o no, estoy viva, y no soy dueña de la vida que me recorre.

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