El optimismo no es lo contrario del pesimismo

Observemos el siguiente caso:

Un amigo se encuentra a otro que lleva un tiempo enfermo y el primero le dice al segundo: “oye, ¿cuánto tiempo llevas enfermo? Y el segundo le responde: “dentro de tres semanas hará un mes”.

El inevitable pensamiento del amigo segundo es el de trasladar la enfermedad al futuro y verse enfermo por tres semanas más…toda una actitud de la que el lector seguro piensa que no es optimista.Optimismo proviene del adjetivo latino “optimuus”, el superlativo de “bonus” y quiere decir muy bueno o buenísimo, lo que nos lleva a determinar que la actitud anterior no es buenísima y, ni tan siquiera, buena. Lógicamente nuestra mente tenderá a concluir que, lejos de ser una actitud optimista la del ejemplo anterior, se trata más bien de una de cariz pesimista… Y entonces nos adentramos en una vorágine mental que nos apresa, creyendo que el optimismo es lo contrario del pesimismo.

En nuestro ejemplo, el amigo segundo, bien podría haber dicho esto otro: “no estoy enfermo, sólo es una crisis que superaré enseguida”. A esta nueva actitud, sin duda, el lector la considera optimista…

Seamos fieles al movimiento de nuestra mente… ¿es el pesimismo lo contrario del optimismo? Responder afirmativamente a esta pregunta nos sitúa en una visión del mundo basada en opuestos pendulares: lo que no está bien, está mal; lo que no es bueno, es malo (o regular), lo que no es alegre, es triste…y lo que no es optimista, es pesimista… Cuando nos identificamos con un opuesto, el otro queda sólo aparentemente descartado, pero nunca desaparece.

La mente, al abordar los hechos basada en opuestos, deja sin resolver el tema de fondo: que la realidad no tiene signo, que las cosas suceden independientemente de nuestros intentos por negativizarla o positivizarla… Dicho de otro modo, no creo que el optimismo sea lo contrario del pesimismo, sino un estado de darse cuenta de las cosas en su esencia, una vez desenmarañadas las pretensiones de que sean buenas o malas.

Aplicado al ejemplo inicial, esto equivaldría a encontrar una respuesta del tipo “lo que me está pasando, me está pasando”. Con ello, me aúno a un concepto de optimismo conectado con la aceptación de lo que sucede, de lo que nos pasa…Y, en tanto que abrazo eso que me está sucediendo sin resistencia alguna, entonces me abro a lo más creativo que puedo imaginar: miro lo que hay por primera vez sin juicios. Y lo hago sin esfuerzo, sencillamente dándome cuenta de que los hechos son hechos y que, más allá de mi actitud (positiva o negativa) se esconden mis deseos de evasión o apego con lo que me sucede.

El optimismo es estar enamorados de la realidad. No se trata de un cambio de percepción, sino el estado de una mente que no juzga, diferente de lo que su aparente opuesto (el pesimismo) señala, a saber, el juicio (positivo o negativo) sobre lo que está pasando. Es ser receptivos a los hechos, sin resistencia. Como consecuencia de ello, los pensamientos y las actitudes que tenemos no necesitan positivarse dado que no son una reacción a lo negativo, sino hacerse conscientes.

Cuando conectamos con lo real, puede que sintamos dolor (o todo lo contrario) pero el sólo hecho de ser receptivos nos emplaza a tomar decisiones de manera congruente y responsable con lo que sucede. Dejamos de incriminar la realidad y nos unimos, entonces, a la máxima inocencia de lo que es ser optimistas: vivir los hechos con corazón de niño.

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