El derecho a terminar con una relación familiar

A veces lo único que mantiene las relaciones más directas de padres y hermanos no es más que un profundo sentimiento de obligación que nace de lo más hondo de nuestras entrañas.

Esto sucede cuando vivimos convencidos de que romper una relación familiar es el mayor de los pecados, algo tan antinatural que debiera estar prohibido.

Creemos que dejar de relacionarnos con la familia directa supone romper el cordón umbilical que nos une a nuestros orígenes. Los padres nos dieron la vida y los hermanos tienen nuestro mismo origen, y estos son motivos suficientes para renunciar a nuestro derecho legítimo de decidir si queremos relacionarnos con ellos o no.

Bajo este designio casi divino muchas personas viven a menudo durante una vida entera relaciones insanas que les llenan de frustración y resentimiento, incluso de odio. Aguantamos porque tiene que ser así y estamos convencidos que de otra manera no podríamos vivir en paz. Así que la única opción que nos permitimos es la resignación acompañada de una lucha interior continua.

El problema es que una relación hueca, vacía de contenido y cariño pronto nos pasa factura. Nos va erosionando por dentro muy lentamente y el peligro es que sin darnos cuenta nos incapacita para amar.

 

Podemos afirmar que AMAR ES DAR. Pero, ¿qué es dar? Según nos explica Erich Fromm en El Arte de amar:

• Para los que solo dan a cambio de recibir, dar supone una estafa, lo viven como un empobrecimiento.
• Para los que dar significa renunciar a algo o sacrificarse, la virtud está en la aceptación de este sacrificio. Ellos prefieren sufrir la privación de dar que experimentar una alegría.
• Para otros en cambio, dar es una experiencia de vitalidad y expresión de potencia, por eso dar produce más felicidad que recibir.

Mantener una relación familiar insana donde ya no existe el acto de dar sin esperar nada o se da sacrificándose, es un aprendizaje tan perjudicial que marcará cualquier relación auténtica que queramos mantener en nuestra vida. Aprenderemos a construir relaciones ficticias y este es el peor punto de partida. Por ello debemos asumir la responsabilidad de sanar esta relación que nos daña, y si no fuera posible, tomar la decisión de finalizarla.

Pero, ¿cómo se termina una relación con un padre, una madre o un hermano?

  • Agotando antes todas las posibilidades.
  • Luchando por mejorar las cosas con el único límite de mantenernos íntegros como personas.
  • Permitiéndonos una y mil veces intentar arreglar las cosas, y estando siempre abiertos a los nuevos escenarios que puedan surgir.
  • Finalmente, sin hacer un nudo irreversible en nuestro corazón, puede que tengamos que alejarnos de esas personas con las que la reconciliación no ha sido posible para liberarnos de recelos, dudas, culpas, y venganzas.

¿Cómo sabremos si hemos acertado con nuestra decisión? Si nuestro corazón se ensancha al pensar en esas personas, entonces habremos acertado sea lo que sea lo que hallamos decidido: seguir peleando o terminar.

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