El círculo vicioso de las emociones

Cristina es profesora de baile de salón y todo lo que sabe se lo debe a la directora de la escuela donde trabaja. De ella ha aprendido muchas cosas y está muy contenta por ello. Pero desde hace un tiempo, a Cristina le encantaría organizar un grupo de danza oriental.

Lo piensa pero nunca se decide a proponérselo por miedo a lo que opine (1), y un día la propia directora anuncia que va a dar clases de danza oriental. En ese instante Cristina comienza a sentirse culpable (2). “No tengo seguridad en mí”, “soy una cómoda”, “no valgo para hacer nada sola”, “no tengo la energía de la directora, por eso nunca conseguiré lo que quiero”, etc. Estas son las cosas que se pasan por su cabeza.

Cuando comienzan las clases, cada día que pasa, Cristina siente más rabia y su resentimiento en contra de la directora cada vez es mayor (3). Ahora piensa: “ella tiene mucha más experiencia que yo”, “si yo estuviera en su lugar también podría haber dado las clases”, “a ella nadie va a decirle que lo hace mal”, etc.

Sin poder evitarlo, Cristina comienza a poner inconvenientes para que la directora tenga problemas con los horarios, y sin saberlo empieza a vengarse con acciones que dificultan continuamente la labor de la directora (4).

A partir de aquí, Cristina autocastigándose, se propone dar clases de jazz. Pero las nuevas intenciones de Cristina no nacen de la ilusión y el convencimiento, ni del deseo y la satisfacción, sino desde la culpa de que “no hago nada”, y desde las prisas de hacer algo urgentemente. Y ahí Cristina pierde su centro, se desdibuja, su objetividad se anula y se apodera de ella la impaciencia. No tiene verdadera motivación, no piensa con claridad, está nublada por su necesidad (1) y actúa compulsivamente. Eso es lo que rige todo su nuevo plan, y desde ese lugar nada fluye, deja de ser realista y no tiene fuerza.

Por eso se rezaga y se entretiene. Parece que tenga que comprender esto hasta el último detalle, parece que no se la pueda escapar nada antes de hacer algo. Antes de encontrar la salida a todas sus dudas, se mortifica analizando una y otra vez la situación porque quiere hacerlo todo perfecto desde su cabeza, y se olvida de su corazón.

Aunque en realidad Cristina ya sabe muchas cosas, sabe todo lo que necesita para ponerse en marcha. No es tan complicado como su cabeza le cuenta, porque más que saber y analizar, lo que realmente necesita es sentirse. Y sentir, ya siente, sólo que no se detiene a escuchar lo que siente.

Si cierra los ojos, ya siente que sólo la acción puede ser el comienzo de la salida de este círculo vicioso infernal donde está. La acción más allá de su miedo y su necesidad de que sus expectativas se cumplan (“todo tiene que salirme perfecto como lo he planeado”). Sólo la acción, alguna acción que ni siquiera tiene que ser acertada, ni espectacular, cualquier acción vale.

Porque en cuanto haga algo, Cristina estará en otro lugar, habrá pasado a una situación real y no estará enredada con algo que sólo sucede en su mente. Tendrá una experiencia de la que partir (realidad) y podrá observar cómo sus expectativas se cumplen o no. Se enfrentará al éxito o a la frustración, pero sentirá que forma parte de lo que la sucede (conciencia) y su implicación será suficiente para que se sienta capaz y viva. Sólo así Cristina saldrá de este círculo destructivo y vicioso de sus propias emociones donde ahora se mueve.
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