Días de lluvia y realidad

La verdad es la que es. Y yo le doy la espalda continuamente.

Me vuelvo loca buscando, creyendo que esto que no se despega de mí las 24 horas del día, es algo apestoso y desagradable. Me refiero a la sensación de tener que hacer algo. Hacer algo para conseguir eso que quiero. Puede ser conseguir un sueño personal o profesional, un bienestar familiar, o una pareja que me quiera sin condiciones. Da igual, en cualquier caso ese algo siento que me falta y me mantiene incompleta.

Esta es mi pelea continua, ¿y la tuya?. Mis pensamientos empiezan todos por: “Si (sucediera tal cosa) entonces por fin me sentiría realizada”. “Cuando tenga (lo que sea) ya podré confiar en mí, y ya valdrá la pena la vida”. Entonces mi presente será pleno, estará iluminado, no le faltará nada. Ya no habrá anhelo, habré llegado, se habrá terminado la búsqueda.

No consigo frenar esta rueda de pensamientos ni por un minuto, pero si es cierto que de vez en cuando algo me dice que esta búsqueda y este camino impuesto tienen mucho de artificiales. No son auténticos.

Intuyo que en esta persecución de un futuro mejor hay mucho de forzado porque todo el rato la realidad presente se me hace incómoda, me rechina, no me gusta. Y todo el rato me persigue otra sensación aún más desagradable que la del anhelo, y es la de estar huyendo a cada instante.

Me censuro al dejar de huir y anhelar, y en cuanto me siento confortable, empiezo a contarme que no estoy haciendo nada con mi vida. Al percibir que me detengo, al disfrutar sin más, me parece que soy una inconsciente. Al alejarme un milímetro de mis objetivos tan importantes, siento que estoy cediendo en mi búsqueda, que la estoy abandonando. Y eso es algo que mi mente no puede dejar que suceda. Porque la búsqueda en sí se ha convertido en el motor de mi vida, es el centro de mis pensamientos y mis planes. No hay otra cosa. Este momento presente ya doloroso y angustioso, sin esta búsqueda sería definitivamente insoportable. Comenzaría un descenso hacia un lugar todavía más insignificante, donde sí que no puedo permitirme estar.

Sin embargo, presiento que este lugar escondido en lo más profundo de mi día a día, que lucha por asomar la nariz, en verdad se llama realidad. Es mi presente más absoluto. Donde me estorba todo y hasta me duele el dolor ajeno. Un lugar lleno de rabia y de impotencia ante lo que no sale como yo espero. Es un tiempo de espera sin rumbo y de no saber qué hacer. Donde me dan ganas de matar a todo el que me lleva la contraria y fulminar a los que no viven anhelando un futuro mejor como yo. Intransigente y disgustada, contrariada y aburrida, cansada de adivinar lo que me van a contar los demás, mi mente me dice que me siento mal y que ya no soporto estar aquí ni un minuto más.

Pero en la cima de esta montaña rusa, una vocecilla interior me susurra que no me crea nada, que lo que en el fondo me sucede tiene que ser mucho más sencillo que todo esto que me cuento. Cautelosa pero contundente me dice que simplemente es que me empeño en vivir de espaldas a la realidad.

Aprieto los ojos con fuerza, presa de mis anhelos. Corro para no ver, para no estar y no sentir este apestoso presente tan rotundo. Clavo los pies en el suelo y en medio de este malestar, me descubro viva y consciente, con la certeza de que no hay más realidad que esta de la huída y el hastío.

Y en contra de lo previsto, ahora se frena mi carrera. Al detenerme lo veo todo de otro color. La realidad se impone, pero yo no noto que me hundo, ni me angustio. Siento alivio y sigo aquí frente a ella. Reconozco que es como siempre fue, sólo que ahora yo la veo con otros ojos. Al cambiar el color del cristal con el que lo miro todo, descubro que este es un lugar apacible, donde todo sucede y nada es más importante que nada, ni mis deseos que mis dudas, ni mi plenitud que mi desesperación.

Creo que acabo de dejar de darle la espalda a la realidad, aunque sólo sea por este instante.

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